Limón,
el que conserva el brillo de la mañana para una larga jornada.
Adorado por Maria de'Medici, reina de Francia (mujer de Enrique IV y
abuela del Rey Sol), a quien la historia le atribuye la invención
de la perfumería francesa. Naturalmente, al principio, la piel
simplemente se envolvía en pañuelos para conservar su
aroma y gratificar el olfato, pero entonces los perfumistas europeos
empezaron a valorar su esencia, comprando limones de Sicilia y de
Sorrento que les condujo a la creación de la bergamota (un
híbrido con naranja amarga), la princesa de las esencias
cítricas. Es curioso como tanta frescura, cuya necesidad la
sentimos más en verano, viene de una fruta que madura en
invierno. La tradición quiere la unión de la fragancia
con las hierbas medicinales, mientras la innovación usa las
esencias de las maderas para segurar majestuosidad y perseverancia.
El
sabor del verano, del agua helada que sacia la sed, posiblemente
saboreada en la sombra de un jardín que se mueve al son de la
brisa, sin miedo al ligero regusto ácido que deja en la boca.
Porque, como dijo Joan Collins, "Si la vida te da limones,
tienes que exprimirlos y hacer limonada..."
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